"El Hombre es un iceberg, cuya parte visible parece ceder a nuestra exigencia racionalista,

pero cuya mayor parte, sumergida, nos reserva sorpresas.

Lo que sabemos no puede igualar a lo que no sabemos.

Al querer saber demasiado, la vida muere.

Se puede definir la vida, pero la vida rechaza cualquier definición".

                                                                                   Maestro Itsuo Tsuda

 

 

             

            Es sorprendente descubrir como nos podemos levantar de la cama y llegar al trabajo casi sin pensar en absoluto. Todos nuestros gestos están tan aprehendidos que nuestro cerebro pone el automático y todo fluye con naturalidad. Incluso nos disgustamos mucho si en algún momento se introduce un cambio inesperado en el fluir natural de nuestro “arranque matutino” (se han acabado las tostadas!!!! Hoy me tocan galletas!!!! NO!!!!!!!)

 

            Leí recientemente en el maravilloso libro del autor Joe Dispenza, “Desarrolla tu cerebro” como el cerebro está programado para aprender patrones fijos y automatizarlos, puesto que eso facilita la supervivencia. De hecho hay patrones fijos como los usados al andar, o realizar actos cotidianos como comer, correr o subir y bajar escaleras, que no requieren de una atención constante para su ejecución. Eso ha permitido al ser humano poder desviar su atención hacía otras realidades mientras realiza estos actos cotidianos. En general, el cerebro se siente más cómodo repitiendo patrones aprendidos, puesto que está programado para hacerlo. Un principio que rige esta disposición es la repetición. Es decir, cuanto más repitamos una acción, o un conjunto de acciones concatenadas en el mismo orden, más fuerte y rígidas se hacen las conexiones neuronales que la permiten existir y por tanto más fácil e involuntaria hacen su ejecución. Además, Joe Dispenza recalca que al cerebro “le gusta” crear patrones fijos y rígidos, puesto que está creado para eso, ya que en el tiempo de los depredadores, estos patrones permitían más fácilmente la supervivencia.

            Explica también que por eso es tan complicado romper con viejos hábitos, ya que romper esos patrones neuronales cuesta mucho esfuerzo. En ocasiones, incluso, cuando esos patrones generan placer, es decir, la ejecución de esos patrones produce la segregación de ciertas hormonas del bienestar, nuestro cerebro se va haciendo “adicto” a esas sustancias químicas, e intentar romper esos hábitos crea verdaderos episodios de abstinencia.

 

            Esta programación cerebral que sufrimos, unido a la educación rígida y racional que recibimos, nos hacen ser demasiado “automáticos”.   

 

            En una sociedad cartesiana como la nuestra, en la que 2 + 2 siempre son 4, y donde las asociaciones mentales nos tienen presos en conductas aprendidas, la vida, como entidad fluida y libre, se siente en muchas ocasiones, encerrada en “cajones” creados por una cerebro mal educado. Cuando la vida sufre este importante mal, la felicidad se aleja por instantes.  

 

            Llamo “asociaciones mentales” a todo el conjunto de reacciones que la sociedad nos ha enseñado desde pequeños, que nuestro cerebro ha aprehendido y que condicionan nuestra vida diaria, convirtiéndonos casi en autómatas.  

 

            Si bien es muy útil poder caminar sin pensar constantemente en qué pie toca adelantar, en muchas otras ocasiones, actuar con el piloto automático nos resta libertad, nos resta capacidad para la sorpresa, para lo inesperado, para lo nuevo; muchas conductas aprehendidas en este profundo nivel, son producto de enseñanzas o experiencias vitales pasadas, incluso de nuestra más remota infancia. Al fin y al cabo, nuestro cerebro posee un montón de prejuicios que sufrimos sin ser consciente. Son aprendizajes que marcan nuestra personalidad y que en muchas ocasiones no ponemos en tela de juicio ni revisamos. Eso nos resta ante todo, libertad, y sin libertad no hay VIDA, al menos VIDA HUMANA.

 

            La verdad es que la vida es libre, inesperada, inexplicable, como el maestro Tsuda refiere, insondable. Permitirnos exponer el máximo de nuestro ser al mundo que nos rodea, libre de aprendizajes cohartantes, de prejuicios, de conocimientos parciales, nos permitirá vivir en un nivel nuevo, mucho más real, más intenso y lleno de posibilidades. Estamos hablando de libertad, de vida más allá del anquilosamiento de las ideas que aparece con la edad, de apertura de los sentidos, de revisión de pensamientos y de acciones a cada instante, al fin y al cabo de atención sobre nuestras conductas y pensamientos. Según nos vamos haciendo mayores aparece un adjetivo con el que se suele definir al “abuelo”, terquedad. Ser terco es signo de que la vida se acaba, nuestra “unidad vital” ya no puede aprender más, ya se cree que lo sabe todo… Ya no servimos al cosmos, porque estamos aquí para elevar nuestro nivel de conciencia, y así la del universo… cuando ya dejamos de aprender aquí nos dan boleto para seguir aprendiendo en otro lado...

 

            Curiosamente, y para esto solo intuyo las respuestas, también con la edad se va haciendo más rígida la columna vertebral, sobre todo la zona lumbar, “koshi”… ¿tendrá alguna relación esa rigidez lumbar con esa rigidez mental? ¿Existirá relación entre la flexibilidad lumbar y la flexibilidad mental? ¿Existirá relación entre el Koshi y la Vida?

 

            Nima Massoumian

 

 

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